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31 mar. 2014

Corazón de papel

No recordaba a la persona tan demacrada que me miraba desde el otro lado del espejo. Se parecía a mí, aunque no del todo. Sus ojos eran negros, al igual que su alma. En sus mejillas, dos rastros de gotas negras por culpa del rímmel; ya secas. El pelo, desordenado y hecho un desastre; como ella. Miraba con atención a través de sus acarbonados ojos.

Desde el otro lado la miré con una mezcla de expresión triste y comprensiva. Me devolvió la mirada. Sus labios resquebrajados se abrieron con intención de decir algo; pero se contuvo. Pasó sus dedos alrededor de sus amoratadas ojeras, símbolo de su insomnio. Desordenada, demacrada, desgastada. Creo que la palabra perfecta para describirla sería caótica. Se sentó en el suelo, medio acuclillada. Con los brazos rodeándose las rodillas; abrazándolas.  Parecía tan... frágil. Sin evitar poder bajar la vista para contemplarla la imité.

Estuvimos sentadas frente a frente, en la misma posición, mirándonos. Daba la sensación de que ella esperaba algo. Pero, ¿el qué? En ese momento me sentía agotada, por lo que no me paré a pensarlo demasiado. Miró de reojo a uno de los bolsillos de su chaqueta de cuero y movió la mano, con la intención de sacar algo. Escudriñó ampliamente en él, pero se detuvo para dedicarme una triste sonrisa. Cuando por fin pareció encontrar lo que buscaba sacó la mano; deslizándola suavemente por los pliegues del bolsillo.

Tenía un pequeño objeto entre ambas manos. Al principio no supe de que se trataba. Sus manos se movieron hacia adelante ofreciéndome el diminuto objeto. Solo cuando estuvo lo suficientemente cerca pude ver de lo que se trataba. Era un trozo de papel viejo, desgastado, sucio y algo arrugado. Ella lo puso entre mis manos y despacio y con cuidado intenté desdoblar la bola de papel. Planché como pude las arrugas con mis dedos y al poco, me di cuenta. La hoja, estaba recortada en forma de un diminuto corazón. Lo apreté suavemente entre mis puños cerrados. Cuando los abrí; algo había cambiado. Ya no sostenía ese pequeño trozo de papel destartalado. En su lugar; había una piedra de color grisáceo, con la misma forma que el recorte anterior. Solo que esta vez era de otro material; más duro, más resistente y sin resquebrajar. Le lancé una mirada de soslayo mientras ella apretaba los labios, formando una fina e inexpresiva línea con ellos. Algo en ella me resultaba familiar; pero seguía sin poder recordar el qué. No le di importancia, y me senté junto a ella.

Ella... Pasé el resto de mis días acompañándola; y todavía sigo visitándola de vez en cuando.
Y terminé por enamorarme de ella. Acabé enamorada de mi propia tristeza.