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4 jun. 2017

Carta de despedida

Hace tiempo que ya no te escribo,
hace tiempo que tú no me lees,
hace tiempo que reina el silencio,
y hace incluso aún más tiempo desde que no estás.

(Supongo que lo llaman cortar por lo sano porque al fin y al cabo, duele y nunca llegas a quedarte del todo entero, [lo digo por lo de cortar]. Desafortunadamente, en esta ocasión no era yo la que sujetaba las tijeras).

Será cierto eso de que las malas costumbres nunca mueren. 
A día de hoy sigo sin poder dejar el cerrojo puesto -no sé si por falta de inteligencia, o por exceso de ingenuidad-, a sabiendas de que aún tienes la llave que te di aquel día en el que a tu boca se le escapó en un descuido llamarme hogar.

Dicen, que la parte más difícil de cuando algo se acaba es volver a empezar. Siento deciros que eso no es cierto; la parte más difícil y dolorosa de todas es saber cuándo poner punto final, cuando enterrar el hacha de guerra, cuando dejar de luchar. Por desgracia y muy a mi pesar, siempre he sido de las que dejan las cosas en el aire por miedo a perder, a no saber cómo empezar -o, mejor dicho, por miedo a la incertidumbre de no poder hacerlo nunca-; pero no esta vez.
Esta vez es diferente.
Esta vez no pienso llevar el peso de la culpa sobre mis hombros; porque esta vez soy ave fénix, que renace de las cenizas del fuego que TÚ provocaste. Esta vez, decido por y exclusivamente para mí.

Se te ha ido la fuerza por la boca de tanto prometer, 
y mis oídos ya están cansados de escuchar tantas mentiras.
Y en cuanto a mí, 
se me han acabado las pocas ganas que me quedaban de creerte.

(Todo lo que nunca te dije, lo escribo aquí.
A ti, que nunca lees.
A ti, que ya no escuchas.
A ti, que ya no estás.).

14 feb. 2016

Cazador o cazado

Te acercas sigilosamente por la espalda como un león acechando a su presa y yo, inocente gacela, espero con cautela el momento en el que decidas que es oportuno atacar.
Me sujetas por la espalda y es ahí cuando comienza la cacería. Me observas, me tocas, me muerdes y me desgarras la ropa y yo, inocente presa, me giro y te susurro al oído: “¿nos vamos a dormir? O mejor dicho, a no dormir”. Sellas el trato con un beso y empieza el baile.
Bailamos sucio y sin cuidado; siempre nos ha dado igual quién pudiese mirar. Bailamos a oscuras, bailamos en silencio, bailamos despacio. Bailamos en la cocina, bailamos en el sofá, bailamos en la cama, bailamos entre sábanas. Siempre acabamos bailando, sin importar el ruido o la ausencia del mismo.

No conozco mejor música que la que emites cada noche contra mi oído, ni mejor silencio que el de tus labios presionando los míos. Tampoco conozco mejor réquiem que el de tus caderas, ni mejor partitura que la de mis manos acariciando tu espalda (avísame si algún día alguien es capaz de hacerlo). Siempre haces de lo decente un problema en el que lo indecente es la única solución; aunque tampoco nos importa demasiado, se nos da más que bien eso de jugar sin normas, a ver quién pierde antes las ganas, los papeles, la cabeza, o mejor aún, la ropa.

Hazme la guerra solo si luego vas a me vas a firmar la paz con lengua, con caricias y sobre todo, con mucho, mucho insomnio. Hazme la guerra y desnúdame el alma, que para quitarme la ropa ya tengo a otros muchos haciendo fila, cariño.


24 dic. 2015

El amor (no) es un juego de críos

Yo, que me había sentido especial. Yo, que pensaba que esta vez sería diferente. Yo, otra vez cayendo en la misma trampa. Yo, la misma ingenua de siempre.

No he cambiado, pero supongo que el mundo tampoco lo ha hecho. Le he dado mil y una vueltas al asunto y lo poco que he conseguido con ello es marearme hasta tal punto que ya me he acostumbrado hasta a estas ganas de vomitar, de echarlo todo, de explotar.
Me auto-consuelo fingiendo que no pasa nada, pero claro que pasa. Pasa, pisa y sobre todas las cosas y lo peor, es que pesa. Me pesa en la garganta, en los pulmones y más aún en el corazón.
Desde el principio tuve miedo, sabía cómo iba a acabar todo esto. Yo destrozada y tú de testigo, impasible ante tanto roto y descosido. Pero decidí arriesgarme y, como siempre, aposté más de lo que merecía el premio. Ahora estoy en bancarrota, lo único que me queda es un buen puñado de mentiras que todavía hacen juego con tu boca. La diferencia es que yo ahora las llevo atadas al cuello, y pesan; pesan tanto que no te puedes hacer una idea (o quizás sí, al fin y al cabo, eras tú quien me las firmaba y dedicaba).

No sé si eres consciente de la destrucción que causas a tu paso, de que envenenas todo lo que tocas, de que conviertes hasta el más puro trozo de oro en polvo. Puede que seas tú el hecho polvo, el inconsciente, o el que no quiere darse cuenta de lo que hace porque sabe que es tan tóxico como el peor de los venenos. Pero lo más probable es que sepas lo que haces, que seas tan adicto al juego como el niño que destroza y recompone una y otra vez su juguete favorito por pura diversión. Pero yo no soy ese juguete, y tú se supone que ya no eres un crío. 

25 nov. 2015

No lo llames batalla, llámalo guerra

Pones tus cartas sobre la mesa y rezas por no perderlo todo en la última jugada, pero sabes de sobra que yo soy la reina del juego y que odio perder. Tengo guardado bajo manga el as de corazones más punzante que jamás hayas podido ver. As de corazones rotos, de corazones sangrantes, de corazones con espinas, de flores marchitas... mi última carta, la de tu perdición.
Apuesto tu dolor contra el mío, a ver cuál de los dos puede más.

Bomba nuclear. Dos supervivientes con heridas internas graves. Las de ella no tardan en cicatrizar, está acostumbrada a los bombardeos directos, él no tanto
No lo llames batalla cuando sabes que es una guerra que yo no estoy dispuesta a perder.
Vuelves con la cara pintada de hipocresía y ojitos de cordero suplicando clemencia, y lo siento cariño, pero yo no estoy por la labor.

11 oct. 2015

21:59

Hoy ha llamado la melancolía a mi puerta y yo como un idiota la he dejado pasar. Hemos tomado café, ella tenía ganas de hablar de ti.
Hemos hablado de lo guapa que estabas aquel día con el pelo desordenado y la falda a merced del viento, de tus ojos color café y de la inmensidad de galaxias que encerrabas en ellos. Me ha recordado el sabor de tus labios rojos y de todos los accidentes que he tenido por no prestar atención mientras recorría embelesado una y otra vez la curva de tu sonrisa.

Le he hablado de ti, Tormenta, y de mí, Huracán; de todas esas veces que te he visto marchitar en invierno y renacer en brazos de los primeros vestigios de primavera.

Podría haberle contado la historia de aquel verano, de cómo eran las vistas desde la calidez de ese pecho al que siempre había tenido el placer de poder llamar hogar. O podría simplemente haberle hablado de la música de tu voz y de tus cuerdas vocales, que formaban parte cada día de la banda sonora de mi vida.

Podría... pero no lo he hecho.

Prefiero no recordar el modo en el que tus labios se curvaban hacia arriba mientras pronunciaba tu nombre como si se tratase de la plegaria más hermosa del mundo. Prefiero creer que no hay ningún otro capullo que me haya desahuciado del hogar que una vez construí en tu pecho. Prefiero pensar que tus ojos siguen brillando con la misma luz que el primer día (a pesar de no poder verme ya reflejado en ellos).

Preferiría dejar de recordarte pero... no puedo.

16 sept. 2015

Tempestad a la fuga

He salido corriendo a buscarme con la falda más corta que mis miedos y vestigios de carmín de la noche anterior. He preguntado en cada calle, esquina y rincón, y nadie parecía saber de mí.
He intentado buscarme en esos antros de mala muerte a los que acudía, creyendo inútilmente que podía encontrarme en el fondo de botellas de alcohol barato, y tampoco lo he conseguido.
Me he llamado a voz en grito en aquel lugar por el que siempre decía que me encantaba pasear, pero ni siquiera el eco me ha devuelto la llamada.
Me he perdido más veces de las que soy capaz de contar. Me he perdido incluso en un vano intento de encontrarme.

Hoy decido dejar de buscarme, hoy decido que no quiero saber más de mí. Que me busque otro, yo ya me doy por perdida.

14 jul. 2015

Telegrama a un corazón incierto

Tú, cartógrafo de todos los mapas que plasman los caminos que recorren mi corazón.
Cuenta la leyenda que todos ellos conducen al Amor, ¿o era a Roma? Aunque no tiene mucha importancia, ya que es casi lo mismo. Así que la pregunta es: ¿cómo piensas salir de mi Roma, mi amor?
Estás perdido, desorientado, sin un rumbo ni una dirección que seguir; estancado, puede que aterrado. ¿Acaso has olvidado todas aquellas autopistas, esas vías de entrada directa al corazón que antes de memoria recorrías? Hace tiempo que tu peaje está pagado, por lo tanto si es la memoria lo que te falla deberías saber que tienes dos opciones: avanza y quédate o retrocede y vete, pero no pretendas habitar siempre en los recodos de mi pecho; todavía quedan muchos corazones inciertos, errantes y ansiosos que desean transitar mis autopistas.