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14 ago. 2014

Entre tanto roto y descosido he perdido el hilo

Domingo, otoño del 87.

Monotonía otoñal. Café, poesía; lluvia y poco más. Deshoje emocional.
Le gustaba sentarse en el filo de sus dudas, y saborear cada verso de Neruda a la vez que se dejaba deleitar por el sonido de la lluvia al caer. El olor a café recién hecho impregnaba su habitación. Nada nuevo.
El paquete de tabaco descansaba sobre el escritorio, a la par que sus libros favoritos. El día transcurrió como cada domingo. Rutinario y aburrido. Se sentó junto al alféizar de la ventana abierta, fumándose un cigarro con el sonido del vinilo que tanto le gustaba y que su padre le había regalado cuanto todavía era una cría. Esperaba que el humo del cigarrillo consiguiera despejar su cabeza. O al menos; atenuar sus malos pensamientos, que tenían un volumen casi tan alto como el de sus canciones favoritas.
Pero, como siempre; dio un sorbo al café y dejó de intentarlo, ya que no servía para nada.

Así que cerró los ojos e inspiró. Retuvo el oxígeno un par de segundos y espiró fuertemente. Su respiración era tan fuerte que podía haber roto incluso hasta el mismo aire; si eso fuera posible. Abrió los ojos y rebuscó semi a tientas el encendedor por la habitación. Necesitaba otro cigarro. Le costaba trabajo moverse. Incluso respirar le dolía. Las punzadas frías de desesperación eran cada vez más profundas. Después de un par de minutos, consiguió localizar el mechero junto a una foto no muy antigua de ella... y él.
Parecían felices. No; lo eran. Eran felices. O, al menos; eso fue en otro tiempo.

Una tenue y nostálgica sonrisa curvó levemente sus labios mientras sus ojos, cubiertos por una capa de espesas y húmedas pestañas  proferían un grito de dolor que hacía eco en cada rincón de la cada vez más oscura habitación. Recuerdos, recuerdos, recuerdos... memorias, nostalgia.