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27 ene. 2014

Contrapuntos

Era como el primer café de la mañana. Fuerte; y un tanto más amargo.
Pero aún así era cálido. Como un verano en la Toscana.
Y eso me gustaba.

Tenía unos ojos preciosos (y no solo por el color).
De esos en los que puedes sumergir y perderte.
Y yo... supongo que me perdí en ellos.

Su forma de mirarme hacía que se me cortara la respiración.
Me helaba el aire de los pulmones y me quemaba los nervios.
El roce de sus dedos por mi piel como un trozo de hielo me electrizaba.
El contacto era cálido. Más bien ardiente.

Como un astronauta, recorrió todas mis dunas; tocó cada tecla del piano que eran mis costillas y memorizó cada uno de mis lunares.

Tenía la capacidad de hacerme perder cualquier atisbo de cordura que me quedase.
Me volvía loca.
Pero supongo que eso es lo que hace el amor.
Volverte loco, romper tus esquemas y consumirte a fuego lento.

Pero no todo era tan bonito.


Supongo que las llamas acabaron por consumirme, por consumirnos.

Nos perdieron nuestros pequeños delirios de grandeza.
Quisimos ser París y acabamos peor que Roma, Venecia y Chernóbyl.

Estábamos destinados a encontrarnos; condenados, a perdernos.