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4 jun. 2017

Carta de despedida

Hace tiempo que ya no te escribo,
hace tiempo que tú no me lees,
hace tiempo que reina el silencio,
y hace incluso aún más tiempo desde que no estás.

(Supongo que lo llaman cortar por lo sano porque al fin y al cabo, duele y nunca llegas a quedarte del todo entero, [lo digo por lo de cortar]. Desafortunadamente, en esta ocasión no era yo la que sujetaba las tijeras).

Será cierto eso de que las malas costumbres nunca mueren. 
A día de hoy sigo sin poder dejar el cerrojo puesto -no sé si por falta de inteligencia, o por exceso de ingenuidad-, a sabiendas de que aún tienes la llave que te di aquel día en el que a tu boca se le escapó en un descuido llamarme hogar.

Dicen, que la parte más difícil de cuando algo se acaba es volver a empezar. Siento deciros que eso no es cierto; la parte más difícil y dolorosa de todas es saber cuándo poner punto final, cuando enterrar el hacha de guerra, cuando dejar de luchar. Por desgracia y muy a mi pesar, siempre he sido de las que dejan las cosas en el aire por miedo a perder, a no saber cómo empezar -o, mejor dicho, por miedo a la incertidumbre de no poder hacerlo nunca-; pero no esta vez.
Esta vez es diferente.
Esta vez no pienso llevar el peso de la culpa sobre mis hombros; porque esta vez soy ave fénix, que renace de las cenizas del fuego que TÚ provocaste. Esta vez, decido por y exclusivamente para mí.

Se te ha ido la fuerza por la boca de tanto prometer, 
y mis oídos ya están cansados de escuchar tantas mentiras.
Y en cuanto a mí, 
se me han acabado las pocas ganas que me quedaban de creerte.

(Todo lo que nunca te dije, lo escribo aquí.
A ti, que nunca lees.
A ti, que ya no escuchas.
A ti, que ya no estás.).