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14 feb. 2016

Cazador o cazado

Te acercas sigilosamente por la espalda como un león acechando a su presa y yo, inocente gacela, espero con cautela el momento en el que decidas que es oportuno atacar.
Me sujetas por la espalda y es ahí cuando comienza la cacería. Me observas, me tocas, me muerdes y me desgarras la ropa y yo, inocente presa, me giro y te susurro al oído: “¿nos vamos a dormir? O mejor dicho, a no dormir”. Sellas el trato con un beso y empieza el baile.
Bailamos sucio y sin cuidado; siempre nos ha dado igual quién pudiese mirar. Bailamos a oscuras, bailamos en silencio, bailamos despacio. Bailamos en la cocina, bailamos en el sofá, bailamos en la cama, bailamos entre sábanas. Siempre acabamos bailando, sin importar el ruido o la ausencia del mismo.

No conozco mejor música que la que emites cada noche contra mi oído, ni mejor silencio que el de tus labios presionando los míos. Tampoco conozco mejor réquiem que el de tus caderas, ni mejor partitura que la de mis manos acariciando tu espalda (avísame si algún día alguien es capaz de hacerlo). Siempre haces de lo decente un problema en el que lo indecente es la única solución; aunque tampoco nos importa demasiado, se nos da más que bien eso de jugar sin normas, a ver quién pierde antes las ganas, los papeles, la cabeza, o mejor aún, la ropa.

Hazme la guerra solo si luego vas a me vas a firmar la paz con lengua, con caricias y sobre todo, con mucho, mucho insomnio. Hazme la guerra y desnúdame el alma, que para quitarme la ropa ya tengo a otros muchos haciendo fila, cariño.