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2 oct. 2014

Artemaníaca

Siempre me he considerado amante del -arte. De am-arte, de bes-arte y de vers-arte hasta saciarme. De esper-arte sin cansarme por si algún día decides llegar a tiempo a una de nuestras citas pendientes en el banco de siempre.
De acarici-arte cada uno de tus miedos e inseguridades y jugar con ellos a averiguar la forma más rápida para poder arregl-arte, aún sin haberme curado antes los estragos que hizo el vacío (un vacío que más que vaciar; llena. Un vacío que más que aligerar, pesa.) en mi pecho.
Podría decir todas y cada una de las innumerables maneras de plasm-arte. Pero supongo que no serviría de nada; pues yo seguiría siendo otra musa del desastre, jugando a intentar ser poeta. Poeta de pega; de esos que buscan inspiración en el fondo de botellas vacías a las tantas de la madrugada. Poeta sin sangre, poeta de tinta.
Poeta, poeta, poeta... más bien triste amante del -arte.