Yo, que me
había sentido especial. Yo, que pensaba que esta vez sería diferente. Yo, otra
vez cayendo en la misma trampa. Yo, la misma ingenua de siempre.
No he
cambiado, pero supongo que el mundo tampoco lo ha hecho. Le he dado mil y una
vueltas al asunto y lo poco que he conseguido con ello es marearme hasta tal
punto que ya me he acostumbrado hasta a estas ganas de vomitar, de echarlo
todo, de explotar.
Me
auto-consuelo fingiendo que no pasa nada, pero claro que pasa. Pasa, pisa y
sobre todas las cosas y lo peor, es que pesa. Me pesa en la garganta, en los
pulmones y más aún en el corazón.
Desde el
principio tuve miedo, sabía cómo iba a acabar todo esto. Yo destrozada y tú de
testigo, impasible ante tanto roto y descosido. Pero decidí arriesgarme y,
como siempre, aposté más de lo que merecía el premio. Ahora estoy en
bancarrota, lo único que me queda es un buen puñado de mentiras que todavía
hacen juego con tu boca. La diferencia es que yo ahora las llevo atadas al
cuello, y pesan; pesan tanto que no te puedes hacer una idea (o quizás sí, al
fin y al cabo, eras tú quien me las firmaba y dedicaba).
No sé si
eres consciente de la destrucción que causas a tu paso, de que envenenas todo
lo que tocas, de que conviertes hasta el más puro trozo de oro en polvo. Puede
que seas tú el hecho polvo, el inconsciente, o el que no quiere darse cuenta de
lo que hace porque sabe que es tan tóxico como el peor de los venenos. Pero lo
más probable es que sepas lo que haces, que seas tan adicto al juego como el
niño que destroza y recompone una y otra vez su juguete favorito por pura
diversión. Pero yo no soy ese juguete, y tú se supone que ya no eres un crío.
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