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31 may. 2014

Querida luna


El sonido del crujir de las hojas caídas hacía eco tras sus pisadas. La tierra húmeda reconfortaba sus patas, cansadas después de un viaje sin rumbo fijo. Como cada noche, la luz crepuscular bañaba el bosque, haciendo de él un espectáculo de azulados tonos y oscuras sombras digno de contemplar. La belleza en su máxima expresión, extendida por cada centímetro del bosque. 
El viento, cálido, mecía los árboles, que susurraban suavemente. A lo lejos, en las ramas de un roble, reposaban dos pequeños arrendajos azules, que entonaban dulces melodías bajo la nocturna cúpula estrellada. Incluso aún en la medianoche el bosque latía, repleto de vida.
Ella seguía su camino en la penumbra. 

Siempre fue una loba solitaria, aunque en ningún momento le importó demasiado. Le gustaba disfrutar del silencio, de la soledad, de la noche, de la luna. Avanzó hasta llegar a un lago, se detuvo en seco y contempló en el agua el reflejo del brillante astro que tanto la cautivaba. Alzó la vista al cielo, embelesada por su belleza; no acababa de acostumbrarse al embrujo al que cruelmente la tenía sometida la luna. Entonces aulló, aulló para ella.
Le gustaba estar sola, pero no le gustaba sentirse sola, y era por eso por lo que aullaba. Aullaba con la esperanza de que su lamento llegara hasta la misma luna. Aullaba a su única compañera; la única testigo de sus desvelos, la única testigo de sus lamentos. 
Ella, enamorada de la luna, llorando por un amor que jamás podría llegar a alcanzar.