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15 jul. 2014

Descenso a los infiernos

Ángeles. Ángeles sin alas.
Ángeles en pena. Ángeles con cadenas.
En condena eterna y de ideales desplumados.
¡Pobres desgraciados a los que ni la muerte da tregua!

Seres que vagan entre nosotros, 
desesperados por encontrar el último resquicio de luz
casi extinguida por la negra penumbra.
Y ella...

¡Ay, ella!
Era tan pura, tan inocente, tan bella...
como un atardecer en el mar.
¡Maldita desdichada 
a quien hasta el mismo cielo había dado la espalda!

¡Qué estúpido fue dejar que le robaran sus alas
de aquella burda manera!
Con engaños y mentiras;
típicos trucos de siempre.

Caminó durante mucho tiempo;
 incapaz de escapar de sus infiernos.

El calor la asfixiaba.
Necesitaba salir; poder volver a volar.
Sentir el sabor del viento, 
jugando a desordenar su llameante melena.

El tacto de las nubes como algodón, 
besando las puntas de sus dedos...

Sabía que jamás podría recuperar 
aquello que hacía tanto le habían arrebatado.
Presa de la locura, se acercó al borde del precipicio
del edificio en el que se encontraba;
preparada para saltar.

Estaba dispuesta a sacrificarse
para volver alcanzar
unos últimos vestigios de libertad.

Dio un paso al frente
y miró con tristeza la altura
que la mantenía alejada de su liberación.

Un par de lágrimas humedecieron sus ojos,
y se deslizaron;
silenciosas y serpenteantes
por sus mejillas.

Cerró los ojos y se preguntó en un susurro:

"- Los ángeles pueden volar, ¿verdad?"





Y sin mirar atrás, suspiró y saltó.
Después de todo; era libre.
Por fin.